Una aventura llamada: “La *&%@$ Monografía”
He estado out of the loop por algunas semanas ya. No he visto a mi madre en dos semanas y no he hablado con mi padre en el mismo tiempo. La mayoría del tiempo lo he pasado enconada en mi casa, en un estado de estupor entre dormida y despierta, con un dolor de espalda que probablemente trae el nombre “Colchón Viejo” tallado en su origen, celebrando a media potencia cumpleaños y aniversarios…
Una de las razones para este comportamiento de hibernación en pleno verano es La Monografía. La Monografía, que me ha venido quitando el sueño desde principios de semestre, cuando (a mí nada más) se me ocurrió transar con la profesora: a cambio del primer examen parcial, mejor hago una monografía. Sonaba a “¡excelente idea, Diana Campo!”, especialmente porque quería ir acostumbrándome nuevamente a ese tipo de tarea académica para cuando me empiece el martirio de la maestría (ya falta poco, falta muy poco).
Lo que no me esperaba era la infatuación (rayando en adoración) que iba a desarrollarse con la profesora: su nivel de conocimiento y erudición, especialmente acerca del tema que había escogido para la monografía, era intimidante. ¿A quién rayos se le ocurre ponerse a hablarle a la prof. Luce Lopez-Baralt acerca de Don Quijote?
A esta guanaja que está aquí.
Tras mi mamá haberme pagado (tan generosamente) un cursillo de 10 horas contacto acerca del Quijote – con la propia profesora, en la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, – yo estaba cada vez menos y menos segura de mí misma. De lo que estaba segura era de que no había NADA que yo pudiera decir del Quijote que Luce no hubiese escuchado ya como 300 veces… ni aún cuando se trataba de un paralelo entre Don Quijote y The Neverending Story.
Esa ansiedad se convirtió en una fuerza paralizante: no importa cuánto leía o dejaba de leer, no me sentí apropiada en ningún momento. Ni James Parr, ni Ruth El-Saffar ni Jorge Luis Borges me ayudaron a sentirme en mayor confianza con el tema. La extensión del semestre por la huelga tampoco hizo mucho por mi bienestar emocional: tenía más tiempo pero, en vez de escribir o leer, era más tiempo para atormentarme con la tarea que me esperaba.
Lo que me sacudió fue mucho más pueril: un sueño. Mejor dicho: una pesadilla. Sin entrar en los detalles más absurdos de lo que vi, Luce me tenía reunida para hablar acerca de la monografía y comenzó a hacerme preguntas acerca de lo que yo pensaba acerca del Quijote. En resumen, la Luce de mi sueño estaba negándome la dualidad maravillosa de la locura de Don Quijote, cosa que me parecía absurda porque Luce es la primera en quedar deleitada con los juegos mágicos que Cervantes se gasta en su mejor novela.
En fin, con ese sueño quedé asegurada de que lo que sabía del Quijote, lo sabía bien. Y me puse a escribir.
Y lo comparto con mis lectores porque no es justo que no actualice mi blog en una eternidad y luego no tenga nada que mostrar como resultado:








