Cada vez se me hizo más difícil escribir – o expresar lo que sentía … hasta que al final no lo hice más. No por los medios usuales. Claro, hubo intentos de cuentas alternas, parajes secretos en el ciberespacio, recovecos que tampoco me sirvieron de alivio pero que no pienso borrar porque uno nunca sabe cuándo los vaya a necesitar de nuevo.
No sé qué me pasa (o qué me pasó; quisiera pensar que no se va a repetir)… Quisiera culpar a las hormonas, al calor / frío de verano / invierno (cosas imposibles en este punto kármico de la isla, en el mismo cruce del Ecuador y Greenwich) … quisiera culpar a los demás, pero está un poco difícil apuntar un dedo cuando los otros cuatro que completan la mano están apuntando a uno mismo. Al final lo que queda es la auto culpa. Y empezar a remediarlo.
Aún así, no puedo ignorar las señales que me envía mi cuerpo (las cosas no andan como habitualmente, es un poco preocupante y no puedo descifrar si la tensión es la causa o el resultado).
El año se termina y, lejos de estar haciendo resoluciones insulsas que se marcan con el sellito “12/31″, ya hace rato mi resolución fue … otra. Pero ¿quién soy yo para negarle la gracia al último día del calendario 2010? Si hago una restrospectiva, lo que veo es espantoso, y si miro al futuro lo que veo es espeluznante. Estoy rodeada de horrores, y de entre este jardín de lo macabro me toca crecer y continuar echando hojas, a ver si algún día mi sombra es suficiente para proteger a los que amo.
Mientras tanto, me toca resguardarme en el ajetreo de los estudios y el falso sentido de urgencia del trabajo; es como continuar laborando con pala y un cubito en el Titanic. En un rincón, ante mi atónita mirada (llena de envidia) veo la larga fila de motas negras y marrones, ojitos brillosos, narices al aire, bigotes eternos… todos ellos caminando por la soga hacia fuera de la nave, hacia … ¿el mar?









