Nunca había terminado un curso en una nota tan triste…
Ayer fue el primer día de clases después de más de dos meses de ausencia . Entre la huelga estudiantil y el cierre administrativo previo y posterior (como elemento de intimidación e invalidación o producto de la ineficiencia), el semestre quedó desplazado para finalizarse exactamente en las fechas en las que el próximo semestre regular habría de comenzar. Esto significa que - al estar ahora en pleno medio del verano – hay un gran porcentaje de estudiantes fuera del país, o fuera del área, o fuera del estado anímico para estudiar. Este dato no se le escapa a una porción importante de los profesores. Mi profesora no es la excepción.
Ayer el ánimo antes de clase era de ansiedad mezclada con la alegría y camaradería de vernos de nuevo. Sonrisas nerviosas eran el canvas desplegado en ese saloncito. Y un silencio de cámara se apoderó tan pronto entró la profesora. Luce López Baralt es una persona que, aunque pequeña y delicada en su aspecto – y absolutamente elegante – provoca un respeto absoluto. No es por lo seria: la profesora imparte sus clases con un placer y una estima hacia su profesión y su estudiantado incomparable. Sólo de los alumnos de ella – ahora profesores – con quienes he tomado clases (menciono al Prof. Emilio Baez y a la Prof. Maria T. Narvaez) puedo decir cosa similar: fueron excelentes profesores, y espero poder volver a tomar clases con ellos algún día. Les debo en gran parte la posibilidad de hacer una maestría. La Profesora López Baralt, no obstante, es La Maestra de entre todos los demás.
… y ayer la noté por primera vez perturbada. Su temple de dignidad estaba intacto, pero la tristeza le inundaba los ojos y, contrario a otros profesores – estoy segura – abordó el tema que ha estado sacudiendo los cimientos de la UPR desde hace mucho tiempo ya. Respetó nuestra inteligencia y, en lugar de continuar “como si nada”, se tomó la molestia de preguntarnos “¿Y ustedes qué piensan de esto?”. Le dedicó una gran parte del tiempo asignado a la clase para hablar del tema: la huelga, lo jodido que está el país, lo que nadie se atreve a decir. “Fascismo” salió de sus labios y, sabiendo que ella es apasionada pero cautelosa, quedo asegurada de que lo que llevo tiempo temiéndome, lo que a veces he pensado que es producto de mi paranoia y tendencia a la crisis, todo eso es VERDAD. Lo que está pasando en el país, lo que está pasando en la UPR, no es “cañiña de mono” (como diría papi). Estos no son escarceos entre policías y Che-Marleys. “Ya entramos en la barbarie,” como dijera Luce, y el que todavía me insista en que no somos un país tercermundista está viviendo en una fantasía agarrado de las pelotas con Luis Fortuño.
La profesora entonces nos notificó que “no es el momento de continuar el curso”. Pudimos notar el ausentismo grave y luego enterarnos de que muchos de los ausentes no lo estaban por vagancia o desinterés, si no por planes previos. Mucha gente ubicada allá afuera. “No es justo darle la clase sólo a algunos,” nos dijo ella, y tiene razón. Acordamos una serie de trabajos repositorios para los que no teníamos nota, y los que sí la tienen pues ya se la quedan. Y presencié lo que estoy segura no muchos presencian: ver a esta mujer, esta prócer de la academia, ilustrísima profesora con lágrimas saliéndole de sus claros ojos. Eso me resquebrajó el corazón.
Nos despedimos y me le acerqué para agradecerle su gesta en los momentos en que la comunidad universitaria lo necesitó tanto, su presencia en los portones en los momentos en los cuales la policía le negó la entrada de alimentos a los que estaban allí apostados, sus escritos, su presencia, su clase… y ese abrazo fue tan fuerte, me dolió tanto, me traspasó el alma… “el país te necesita,” me dijo. Y, aunque me jode decirlo, es verdad. El primer impulso ha sido huir. Miramos para afuera mucho porque adentro se nos está haciendo imposible pero, si vaciamos el país, la isla se queda desamparada y entonces ellos ganan.
Ezequiel también el otro día lo dijo: “Éste es el momento de quedarnos y luchar.” Hay que dar la batalla. Nunca he sido muy aferrada a la idea de una patria, creo que es porque siempre he dividido el alma en dos: una parte para el Puerto Rico que quisiera que existiera, y otra parte para la Colombia idílica que me creo que existe. Ver el país que de pronto se fue a la mierda, el país en el que crecí, que esto no era así, que se podía salir sin miedo a que una bala le cruzara el pecho a uno porque saliste en mala hora, que no era cosa de todas las noches las ráfagas de tiroteo por las guerras del narcotráfico, que podías disentir sin que un policía te cruzara la chola a macanazos… esto no era así, pero esto fue lo que nos dejaron.
Y sé que me tengo que quedar, luchar, ser inteligente, conscientizar… pero a veces atisba la parte de mí menos madura, de pronto se asoma la niña que aún sigue viva, aún está ahí y cree en unicornios y extraña a papá … y esa niña llora porque la dejaron sola en esta isla. Mi hermano se fue, mi papá se fue … y la lucha que tengo q hacer quisiera poder hacerla hombro a hombro con ellos, pero las distancias se me hacen más largas, especialmente cuando las macanas se nos acercan.
La depresión es general, eso lo he podido ver. Muchos estamos tristes porque sabemos que se están quedando con todo, que el país se fue a la mierda mientras el pueblo dormía en la misma cama que La Comay. Ahora nos tocó despertar y encontrar la casa en llamas. Sólo falta despertar el resto antes de que el techo se nos derribe encima hecho cenizas…












